KINTSUGI: LA BELLEZA DE LAS CICATRICES

Hace unas semanas llegó a mí un vídeo de una técnica de origen japonés para reparar porcelana rota con resinas mezcladas con oro. Se llama Kintsugi (en japonés, carpintería en oro) o Kintsukuroi (reparación en oro). Sencillamente me cautivó.

Ya sabéis que no creo en las casualidades; enseguida me di cuenta de que quería escribir sobre este arte maravilloso que considera que las roturas no son el final de un bello objeto. El Kintsugi repara los objetos rotos enalteciendo las zonas dañadas y convierte las fracturas en algo bello que explica parte de su historia.

¡Cuánta sabiduría! ¿Verdad?

¿Y si aplicamos un poco de Kintsugi a nuestras vidas?

Vivir inevitablemente implica momentos de alegría y también de sufrimiento. Es absolutamente imposible no experimentarlos y ante las adversidades, como casi siempre, podemos elegir si nos convertimos en simples pedazos o si salimos reforzadas.

Es posible que hayas sufrido y no quieras volver a sufrir, pero quedarte en la trastienda con las porcelanas rotas no evitará tu sufrimiento.  Sanar nuestras heridas con amor, aprender lo que tenemos que aprender de cada rotura y adversidad que nos presenta la vida, es lo que nos hace más fuertes y más hermosas.


El poeta Rumi decía que “la herida es el lugar por donde entra la luz”.

No sé a vosotras a mí me fascinan y me cautivan, las personas dignas, que aceptan y respetan sus cuerpos, sus cicatrices, sus manchas en la piel. Las personas que no renuncian a ninguna de las experiencias de su vida y que te cuentan que gracias a todas sus vivencias ahora son capaces de comprender más. Yo creo que son más respetuosas, más empáticas, más amorosas. Son personas que conocen sus luces y sus sombras, saben que no pueden agradar a todo el mundo, ni lo pretenden, ¡ya no!

Si no gustan, no ponen en duda su identidad. Ellas se conocen y muestran a la vez su fragilidad y su valentía. Ellas no renuncian a ser quienes son. Ellas han conseguido que sus heridas hayan pasado de ser un trazo de oscuridad a ser una ventana de luz.

En la vida todas alguna vez hemos lastimado o hemos sido lastimadas; intentemos enmendar los estropicios causados con amor. Si has sido la causante del dolor, discúlpate y perdónate a ti misma. Si el dolor te lo han infringido otros, perdona, como tú tampoco son perfectos. Siente el dolor, la rabia, la pérdida (física o de afectos) y finalmente vive la tristeza ¡es tan necesaria!

La tristeza es el bálsamo que todo lo cura y nos dice que ya estamos listas para poder seguir adelante. La tristeza nos permite trazar nuestra herida con polvo de oro y aceptarla como un regalo. Esa nueva cicatriz que luces en tu corazón se llama resiliencia y es algo bello es tu kintsugi que te recuerda que has aprendido una nueva lección y que has crecido y que ahora eres más fuerte, más sabia, más bella.

Investigando sobre el kintsugi para escribir este post he descubierto un libro: “Kintsukuroi: El arte de curar heridas emocionales” de Tomás Navarro, dice “No renuncies a vivir por miedo a sufrir ya que tu cuerpo y tu mente tiene un mecanismo de adaptación conocido como el impulso de reparación.”

Si este post te pilla en un momento de bajón, quién no lo ha tenido alguna vez, (yo confieso que varias, muchas) quiero que sepas que esta herida tan grande que ahora sientes, también la podrás sanar. Y estoy convencida de que si tú quieres te hará más fuerte y más feliz. , lo sé sin más, que todo sucede por y para algo, puedes creerlo también o no creerlo, esto no cambia las cosas, aunque sí afecta a tu sufrimiento. Tú y solo tú eliges si quieres sufrir.

El mundo nos rompe a todos, y luego algunos se hacen más fuertes en las partes rotas. – Ernest Hemingway

Recuerda que todas tenemos el “impulso de reparación” es algo natural en las personas, si en estos momentos no encuentras respuestas hazte preguntas y si no sabes por dónde empezar pide ayuda a los tuyos o a un profesional. Un buen proceso de coaching, como a mí, puede ayudarte a reinventarte y salir reforzada ante la vida, de la situación en la que te encuentras hoy.

¿Te animas, también tú, a practicar el Kintsugi en tu vida?

 

 

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